Foto por Victoria J. Baxter
Érase una vez una ciudad sorda.
La música había abandonado los bares y las calles
para refugiarse dentro de los instrumentos
atrincherarse entre las cuerdas de las guitarras y de los violines,
las teclas de los pianos, los tubos de las flautas,
y las cuerdas vocales de los cantantes.
La música decidió protegerse de la insensibilidad
cuando vio que una creciente legión de silencios
se asentaban en el pensamiento de los ciudadanos,
vaciándoles de gusto y sentido crítico,
de curiosidad, pasión y creatividad.
La música, encerrada y desterrada,
esperó a que los valientes que desplegaron su mente
para que entrasen sonidos nuevos,
que buscaron en las esquinas notas perdidas,
salieran al rescate y la trajeran de nuevo al escenario.
La música miraba a los ojos de los perdidos y
reconocía en ellos la chispa de la felicidad
en los que guardaban una corchea en el bolsillo
y a ellos se ofrecía sin embalajes, sin trueques,
sin permisos y sin obstáculos. Música pura.
A ellos, a los que la atesoran, les veréis sonreír.
Sin más. Sonreír.
